La ira: ¡el que se enoja, pierde!

¿Por qué es una de las emociones más dañinas y peligrosas?





¿Por qué me saca de mi centro, convirtiéndome en un monstruo irreconocible?

¿Por qué me hace agresivo, causando daños irreparables hasta a mis seres más queridos? ¿Por qué activa mi voz chinga-quedito pudiendo boicotear mi vida entera? ¿Por qué enturbia mi energía, mi conciencia y mi vida, instantáneamente? ¿Por qué me hace actuar impulsivamente sin pensar, aun en contra mis principios? ¿Por qué me produce pensamientos, actitudes y reacciones negativas, atrayendo negatividad? ¿Por qué me mete a la espiral oscura del rencor, resentimiento, orgullo, odio y enfermedades? ¿Por qué bloquea mi creatividad, inteligencia, empatía y mi capacidad de amar?

¿Por qué es el extremo opuesto de la paciencia, el perdón y aniquila mis más grandes virtudes? ¿Por qué destruye mi bienestar y paz interior, impidiendo iluminarme?

¿Por qué sólo eliminándola podré llegar a ser el héroe de mi propia historia?


La ira es un sentimiento oscuro que instantáneamente nubla conciencia y capacidad de autobservación, y la conexión con tu naturaleza divina o Dios interior. Acelera al máximo la frecuencia cerebral, provocando que todo el sistema nervioso se tense, aumentando el ritmo cardiaco, la presión arterial e inhibiendo el sistema inmunológico, lo que nos hace propensos a todo tipo de enfermedades, desde gripas hasta cáncer, propiciando úlceras e infartos, y ocasionando muerte prematura. Nos lleva a vivir compitiendo por demostrar quién puede herir, lastimar o ser el más cruel y obscuro, llegando hasta a asesinar, como le ha ocurrido a personajes muy conocidos: un claro ejemplo fue el caso del General Mariles, que ya siendo general, campeón olímpico y héroe nacional, asesinó a quema-ropa por la ira de un insulto, arruinándose de por vida en la cárcel. ¡No reacciones; acciona y utiliza toda esa energía negativa en algo positivo! Aprovechaba los últimos momentos antes de despegar en una llamada telefónica cuando mi vecino me acusó con la azafata. Su cobardía al no pedirme directa- mente que colgara, encendió mi ira. Quería golpearlo, pero me contuve al “auto observar” mi enojo. Imaginé inhalar Luz de Dios por mi coronilla tres veces, llené mi pecho con ella y al exhalar saqué todo mi coraje. Ya tranquilo, comprendí que no era mi problema, sino de él y que no debía tomármelo personal. Con empatía, intente comprender por qué me agredió tan cobardemente, y supuse que tenía miedo al avión. Al preguntarle me confesó casi llorando que venía aterrado. Decidí enseñarle la técnica para dominar los miedos injustificados y al comprenderla se emocionó, dejando atrás sus miedos para siempre. Así, yo transmuté mi ira en servicio y satisfacción y él, su miedo, en valor y crecimiento.

Tómate un instante y con ojos cerrados, repasa alguna agresión recibida que haya despertado tu ira, deseando gritar o golpear... Repasa la sensación... revívela profundamente...


Libérate y aprende de tu ira Reconoce tu enojo y observa cómo te afecta energética y mentalmente y en qué parte de tu cuerpo se manifiesta. Inhala, imaginando jalar la Luz de Dios por tu coronilla, llenando con ella tú pecho manteniéndola, y exhala tu ira varias veces hasta desaparecerla. Sin defenderte comprende empáticamente por qué actúan así contigo, sin tomártelo personal. Envuélvelos mentalmente con tu Luz y Amor.

Habla sólo hasta estar en paz, no escuches a tu voz chinga-quedito, conéctate con la voz de tu Dios interior y háblale desde tu corazón a la persona, con gran comprensión y empatía, ya que desde este espacio también se conectará con su corazón y reaccionará con apertura en lugar de cerrarse y defenderse.

¡Si Dios conmigo, ¿quién contra mí?...


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